Lola duerme sola 

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Lola duerme sola y las sábanas se le hacen un nudo entre las piernas y una punzada en el corazón.

Cada noche de ausencia es una derrota y mientras sucumbe al sueño, rememora otras de luna escondida, de furtivos besos bajo las preñadas ramas del viejo magnolio.

Compartir su cama y su vida con un ausente fue una utopía. Por eso duerme con la maleta bajo la cama y una carta sin firma bajo el colchón.

Una mala pareja

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No hacían buena pareja, por más que quisieran creerlo así. 

Él era oblícuamente retorcido.
Ella espiralmente transversal.

Él, mercachifle de humo, exhibiendo el cartel de “se alquila” en el corazón.

Ella, compradora ambulante, mitad de pesadillas, mitad de sueños.

Ambos náufragos a la deriva, pagando errores, surcando mares, cuidando heridas.

En lunas distintas

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Creo que ambos estamos mirando la luna bajo el mismo cielo. Es posible que las nubes que lo cubren sean las mismas que te envuelven a ti.

Te cuelas en mis zapatos y en mis pensamientos, con esa impertinencia que siempre te caracterizó y que a mí me espantaba. Tu toxicidad me caló, me hizo mella y aún hoy sigo reparando los daños.

Hago recuento de las pérdidas y me desespero.  No ayudaste demasiado. Te aferraste a la herida, desgarrando la piel.

De un manotazo consigo que te vayas de aquí. Lejos. Tan lejos que las lunas que miremos tú y yo sean distintas, en cielos que nada compartirán. Para ti, la oscuridad que siembras. Para mí, la luz que repartí y casi agoté en ti.

No me hables, ni siquiera en sueños, de nuestras vidas pasadas ni de encuentros futuros. De los asuntos que han quedado sin finalizar entre tú y yo. Y de esos lazos invisibles que unen nuestras luces y nuestras sombras por toda la eternidad.

 

 

De eternidades y sombras 

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Tengo un ángel. Desde que recuerdo siempre ha estado a mi lado. Pero lleva ya un tiempo, una eternidad, de vacaciones. Me las pidió y no quise ni pude negarme a ello. Tampoco necesitó apelar al convenio de ángeles. Le hago trabajar tanto que se las merece muchísimo, pero es que necesito que vuelva ¡ya!
Sólo él tiene la llave que al accionarla me envuelve de luz, la que me hace ver las cosas brillantes, los días soleados, las
pendientes menos inclinadas.
Las tristezas más pequeñas y las penas más llevaderas.
Él dice que soy fuerte y que sola me las apaño muy bien. No es cierto, es puro peloteo. La blandura se ha apoderado de mí y es como si una fiebre oscura me cubriera, debilitando y paralizando, dejándome sin fuerzas.
No sé cuando volverá. Tal vez se haya ido por eones.
Su tiempo no se mide igual que el nuestro y es posible que aún no haya descansado lo suficiente.
Ya llevo muchas lunas sin él y no me hago a estar así.
Espero tu vuelta. Pronto. Muy pronto. No tardes otra eternidad en regresar o las sombras terminarán por hacerse hueco.